Así se mata a la juventud de Nicaragua: El ataque a la iglesia de la Divina Misericordia

A Fondo

Las imágenes del video filmado con un celular son un poco oscuras pero puede distinguirse el cuerpo de un joven semidesnudo, inerte, sobre una mesa. Tiene una venda ensangrentada amarrada a la cabeza. Se escuchan llantos, súplicas. “Nooooo, por favor, nooooo”,Pipito, noooo, noooo, nooo”. Son sus amigos, quienes no se resignan a su muerte. Mientras ese “noooo” incesante, desgarrador, te taladra el alma, una voz celestial irrumpe: “Levanto mis ojos a los montes: ¿De dónde vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra…” Es un sacerdote que reza por el fallecido. “Señor te pedimos por Gerald, que alcance tu paz, Señor. Él ha luchado, Señor, por la verdad. Este hijo tuyo, Señor, recíbelo ahora, Señor, en el reino de los cielos…”. Al sacerdote se le hace un nudo en la garganta. Es el padre Raúl Zamora. También llora. El lugar es la Iglesia de la Divina Misericordia, unicada en las cercanías de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Mangua)

Hay otro video de momentos antes. El mismo joven está tirado en el suelo, ensangrentado, los médicos y sus amigos tratan de salvarle la vida, pero su muerte es inminente. Tiene un disparo en la cabeza. Tiene 20 años. Se llama Gerald Vásquez. Es de Masaya. Estudia en la UNAN, pero en unos cuantos minutos pasará a engrosar la larga lista de mártires que ha dejado la represión del gobierno de Daniel Ortega contra la rebelión cívica que demanda su salida del poder.

A Gerald lo mató un francotirador el sábado 14 de julio. Era una de las cientos de personas que se habían refugiado en la Iglesia de la Divina luego que fuerzas combinadas de paramilitares y de la Policía atacaron la universidad.

El asedio a la universidad y a la pequeña iglesia duró más de 18 horas. El presidente Ortega había dado la orden de desalojar a estos muchachos que desde hacía más de dos meses tenían tomado su centro de estudio en repudio a la matanza que realiza el gobierno contra el pueblo nicaragüense.

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El ataque empezó casi al mediodía del viernes. Contrario a otras incursiones, donde los paramilitares pasaban en camionetas rafagueando y matando a algún estudiante, en esta ocasión todo indicaba que sería algo diferente. Eran cientos de paramilitares y policías rodeando por todos sus costados el campus universitario. Fusiles de asalto AK-47 y M16, ametralladoras RPK, fusiles de francotirador Dragunov, granadas y radiocomunicadores, eran parte del arsenal que llevaban consigo los atacantes. Para defenderse, los estudiantes tenían morteros artesanales, bombas molotov y unas cuantas armas hechizas de corto alcance y de dudosa efectividad.

Los estudiantes poco podían hacer contra semejante arsenal. Con el pasar de las horas sus vidas tendían de un hilo.

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En el video se ve una larga columna de adoquines. Se escucha una lluvia de balas de diferentes calibres. Un joven dice: “Nos van a matar… Me vale verga que me maten, porque voy a morir por mi patria. Si me llegan a matar déjenme decirles que me siento orgulloso de ser nicaragüense, orgulloso de esta…”. Lanza un rugido de dolor. Una de las balas le ha impactado. El video se corta.

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En otro video los estudiantes se resguardan también detrás de una barricada de adoquines. Los tiros pegan en la barricada. Una jovencita está transmitiendo vía Facebook Live. De repente se pone a llorar: “Mamá perdoname. Salí a defender mi patria. Te amo, oiste”. El teléfono lo toma un joven de cabello alborotado, quien se encuentra tirado en el piso. Le envía un mensaje a su mamá, a quien no ve desde el mes de abril cuando salió de su casa en Estelí. “Si logran ver esto, díganle que la quiero mucho y que no me arrepiento de nada. Morí por una causa. Patria libre o morir, mama”. También llora. Los jóvenes se están despidiendo de sus seres queridos.

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Un grupo de hombres civiles encapuchados, fuertemente armados, están agachados detrás de una de las trincheras de donde fueron desalojados los estudiantes. Se protegen de las armas artesanales de los universitarios. En el video uno grita: “Cúbranme”… Otro dice: “Dale, dale, dale” e inmediatamente el grupo corre a atrincherarse detrás de otra barricada donde les esperan otros hombres igualmente armados hasta los dientes. Actúan con precisión militar.

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En el video se ven varias patrullas policiales. Muchos ciudadanos se han empezado a aglomerar en los alrededores de los accesos a la universidad. Quieren entrar a salvar a los muchachos. La policía les corta el paso. Han creado un perímetro de seguridad. Ellos evitan que entren periodistas, familiares o ciudadanos, mientras, los paramilitares atacan a los estudiantes.

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El tiempo pasa volando. De repente oscureció. La resistencia ha sido dura, pero no hay nada qué hacer. Los paramilitares han atrapado a varios muchachos. Los restantes deciden avanzar hacia la iglesia, distante unos metros del recinto universitario. Se atrincheran en el lugar resguardados por sacerdotes.

Pocos minutos después empiezan a circular imágenes de un incendio. Los paramilitares, ya en poder de las instalaciones universitarias, prenden fuego a un pabellón donde funcionaba un Centro de Desarrollo Infantil.

En el país suenan las alarmas. Los paramilitares tienen rodeada la iglesia y la atacan a balazos. Adentro hay estudiantes, hay personal médico, hay periodistas y religiosos. Se teme lo peor. Los paramilitares cortan la electricidad del templo. Se hace medianoche. Pasan las horas. De repente se escucha un disparo y cae un cuerpo. Es el cuerpo de Francisco José Flores, un joven obrero de 22 años que se había sumado a la lucha como tantos otros nicaragüenses. Un francotirador le metió un tiro en la cabeza mientras se encontraba en una trinchera.

Cuando sus compañeros se dan cuenta de la tragedia hacen varios intentos de irlo a buscar, pero siempre son repelidos por los disparos.

En el sector del Club Terraza, cientos de pobladores tienen una vigilia en solidaridad con los estudiantes. Están a un kilómetro de distancia. Lucen impotentes ante la presencia policial.

Mientras esto sucede, el Cardenal Leopoldo Brenes hace esfuerzos para detener la inminente masacre. Las condenas tanto dentro como fuera del país se suceden unas tras otras. Dentro de la iglesia está el periodista de The Washington Post, Joshua Partlow, lo que le valió a Nicaragua reclamos por parte de representantes del gobierno de Estados Unidos. Daniel Ortega ni se inmuta. Parecía que la UNAN era una afrenta imperdonable que debía cobrársela.

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Se hace de día. Una imagen para la historia. Dos monjas están de arrodillas. Oran por la vida de los jóvenes. A pocos metros unas patrullas policiales siguen cortando el paso.

Otro video. Un grupo de sacerdotes se acercan a los oficiales y les instan a rezar el Padre Nuestro con ellos. Los policías ni se inmutan.

Cuando los pobladores ven eso, empiezan a gritar: ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! Y rematan llamando asesinos a los policías.

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Otro video. El mismo lugar. Un sacerdote canta alabanzas al Creador. De repente habla. Fulmina: “Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios”.

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A las 7:48 de la mañana llegó a la iglesia de la Divina Misericordia el Cardenal Leopoldo Brenes acompañado del Nuncio Apostólico en Nicaragua, Waldemar Stanislaw Sommertag. La negociación fue dura, pero les permitieron ingresar. También entró la Cruz Roja, a quien los paramilitares le habían bloqueado el acceso para que no auxiliara a los heridos.

Pasada una media hora se da la noticia que todos deseaban. Los jóvenes iban a ser evacuados de la iglesia y se reunirían con sus familiares en la catedral de Managua. Las imágenes de la pequeña iglesia son dantescas. Hay sangre por todos lados, sus paredes y ventanas lucen agujereadas por las balas.

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La historia de Nicaragua a veces parece repetirse una y otra vez. Es un constante  déjà vu en la memoria colectiva de un pueblo, una incesante repetición de hechos sangrientos, donde las victorias militares no siempre son victorias y las derrotas no siempre son derrotas.

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24 de agosto de 1978. Un grupo de guerrilleros sandinistas recorre las calles de Managua rumbo al aeropuerto internacional Las Mercedes. La historia ya la conocemos. Dos días antes se habían tomado el Palacio Nacional y el dictador Anastasio Somoza había cedido a todas sus demandas. Hay una imagen icónica: El pueblo en las calles vitoreando a sus héroes. 40 años después el pueblo también sale a las calles a saludar el bus donde van sus héroes hacia la catedral de Managua. Hay otra imagen icónica de aquel 24 de agosto de 1978: el comandante “Cero”, Edén Pastora, levanta su fusil en la escalinata del avión en señal de victoria. 40 años después tenemos no una sino varias imágenes icónicas. No es un guerrillero con un fusil cantando victoria, son un grupo de madres y sus hijos abrazándose y llorando en las afueras de la catedral de Managua. Los héroes de estos tiempos te tocan el alma.

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