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Daniel Ortega y Rosario Murillo, los asesinos en serie que gobiernan Nicaragua

A Fondo

El 20 de abril por la noche los nicaragüenses estaban en plena efervescencia insurrecional contra el gobierno bicéfalo de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Se hablaba de decenas de muertos entre los insurrectos, pero también de que los grupos de choque del gobierno y la Policía no habían podido contra el levantamiento popular y cada vez se replegaban más y más. Era apenas el tercer día de protestas de quienes se oponían a una reforma al sistema de seguridad social, pero ese 20 de abril todo indicaba que 11 años de control absoluto de las calles, a base de miedo, golpizas y asesinatos quirúrgicos, se resquebrajaban como un castillo de arena a la orilla del mar.

Horas antes, a eso del mediodía, en su habitual alocución telefónica por Canal 4, la vicepresidenta y esposa de Daniel Ortega, Rosario Murillo, cambió su voz maternal con que diariamente rinde el informe del quehacer de su gobierno, por una furibunda diatriba en contra de quienes estaban en las calles. Rosario les llamó seres “minúsculos” y “vampiros reclamando sangre”. Esa llamada y la que hiciera pasadas las 10:00 de la noche, en la que tildó el reclamo popular de “asonada política”, no hicieron más que terminar de desatar el avispero y al día siguiente el gobierno estaba contra las cuerdas.

No era una insurrección para botar el gobierno, pero se terminó convirtiendo en ello cuando el 21 de abril Daniel y Rosario comparecieron arropados por los jefes de la Policía y el Ejército para derogar la reforma, pero continuaron la represión.

Cuando el gobierno vio que la situación estaba salida de control y se multiplicaba en las principales ciudades, barrios y recintos universitarios de Nicaragua, hizo una movida magistral: la madrugada del domingo 22 de abril ordenó a la Juventud Sandinista y a los Comités de Liderazgo Sandinista realizar saqueos en supermercados, mercados y tiendas de Managua. La gente tuvo miedo y como por arte de magia bajó el ímpetu de las protestas y Daniel y Rosario tuvieron el respiro que tanto necesitaban. Fue un grave error de los nicaragüenses. Habían dejado a la fiera herida, muy herida, y lo habrían de pagar muy caro.

Unidos por el poder

Daniel Ortega había asumido la presidencia el 10 de enero del 2007 luego que se impusiera a los partidos liberales en las elecciones de noviembre del año anterior. Daniel, ahora junto a su mujer, no hacía más que asumir formalmente el ejecutivo luego de que durante 16 años de gobiernos neoliberales ejerciera una enorme injerencia en cada una de las decisiones fundamentales del país a través de paros, tomas de instituciones y asonadas de todo tipo. Los sandinistas le llamaron a esa estrategia“gobernar desde abajo”.

Daniel Ortega actualmente tiene 72 años. Es un tipo de complexión fuerte, calvo y prefiere llevar bigote. No viste como un clásico mandatario, y más bien podría ser confundido con uno de esos tipos que suele sentarse en las bancas de los parques a leer el período o jugar a las cartas. A pesar de haberse impuesto ante el resto de rivales dentro de la Dirección Nacional del Frente Sandinista, en general se le considera una persona obtusa y sin grandes luces, aún cuando gusta brindar largos discurso soporíferos. Lo único que le aleja de esa apreciación son unos ojillos negros, bastante achinados, que denotan frialdad, cálculo y cinismo. Sus excompañeros guerrilleros parece que se dieron cuenta muy tarde que esa aparente falta de astucia no era más que un disfraz. Ortega es un viejo zorro de la política criolla que descabeza rivales con mucha mayor eficacia que Anastasio Somoza García y Emiliano Chamorro, hasta ahora los dos políticos más astutos y viles de la histórica de Nicaragua.

Rosario Murillo, contrariamente, sí denota una evidente inteligencia y dedicación, y no hay que adentrarse mucho en ella para darse cuenta de su carácter manipulador, maquiavélico y despótico hasta en el más ínfimo detalle. Es una mujer de 67 años, muy delgada, pelo rizado, hippie, y gusta usar decenas de pulseras y cadenas de diferentes colores y estilos. En el país le llaman “La Chayo”, aunque sus enemigos políticos prefieren llamarle “La Chamuca” (bruja) por su afición al esoterismo, las artes ocultas y lo sobrenatural. Posee una verborrea de primer orden.

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El garrote y la zanahoria

Desde el 10 de enero del 2007 el gobierno Ortega-Murillo empezó a forjar alianzas con los demás partidos políticos pero cuando no pudo, simplemente los minó y desarticuló, como pasó con el Movimiento Renovador Sandinista (MRS) y el Partido Liberal Independiente (PLI). También evitó entrar en conflicto con las iglesias evangélicas y la iglesia católica, y a pesar de autoproclamarse un gobierno de izquierda no dudó nunca en apoyar las posturas más conservadoras. Pero su principal aliado para gobernar con poder absoluto fue el gran capital, el cual se hizo de la vista gorda cada vez que el gobierno minaba la institucionalidad del país, siempre y cuando le permitiera hacer negocios, en muchos casos en asociación.

La corrupción fue sido durante estos 11 años de paz y tranquilidad, el pan nuestro de cada día. Cada escándalo que destapaban los medios de comunicación opositores era simplemente ignorado por el ejecutivo, y cuando alguno parecía superar lo aceptable simplemente removían al funcionario de una dependencia y lo mandaban a otra menos visible. El más emblemático de todos fue el caso de Walter Porras, titular de la Dirección General de Ingresos (DGI), quien al mejor estilo neoliberal vio en esa dependencia un botín para lucrarse.

Una orgía de sangre

Sin embargo, en este 2018 todo cambió y esa primera fase de protestas del 18 al 22 de abril dejó en evidencia que el todopoderoso Frente Sandinista, con Daniel y Rosario a la cabeza, era un muñeco de trapo que si lo sacudías fuerte podía perder la cabeza. Y la perdió. A partir de abril, Daniel y Rosario quedaron convencidos que para poder vivir tenían que matar. Permitieron marchas, protestas, aceptaron un diálogo en el que no creen. Todo indica que aceptarlo era parte de un plan para tomar fuerza, ordenar sus ideas y desatar una vorágine de crueldad que incluso para un país como Nicaragua, acostumbrado a las guerras, ha sido algo repulsivo.

Luego de esa pausa y rebelión cívica, el gobierno decidió romper el armisticio y abrió los fuegos el 6 de mayo atacando caravanas de opositores en Masaya y Niquinohomo. Desde ese día los nicaragüenses no han hecho más que contar muertos.

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En el catálogo de perversidades este gobierno vampirezco no tiene reparo alguno. Escuadrones de la muerte, ejecuciones extrajudiciales, francotiradores, torturas, secuestros, golpizas, quemas, bombas, amenazas, encarcelamientos y terrorismo de Estado son la pesadilla con la que tienen que vivir los nicaragüenses. Las bombas lacrimógenas y las balas de goma han quedado relegadas a un segundo plano como elemento represivo y en su lugar las balas de plomo son las que llevan el peso de la estrategia gubernamental.

Es difícil ponerse de acuerdo cuál ha sido la peor barbarie cometida por este gobierno desde que empezó la rebelión. ¿Las10 personas asesinadas en Masaya el fin de semana del 2 y 3 de junio, casi todos abatidos en la cabeza o bien ejecutadas a sangre fría una vez que habían sido capturadas? ¿La quema de una familia completa, incluidos dos niños, cuando el 16 de junio tropas combinadas de la Policía y los paramilitares incursionaron en el barrio capitalino Carlos Marx? ¿Los 18 muertos en el ataque perpetrado el 30 de mayo a la marcha en honor a las madres cuyos hijos fueron asesinados entre abril y mayo? ¿La incursión en Masaya de ex militares y tropas especiales de la Policía el 19 de junio, donde fueron asesinadas 6 personas y decenas resultaron heridas, a lo que hay que sumar 3 muertos más el 21 de junio en una segunda fase del operativo, esta vez para tomarse el barrio indígena de Monimbó? ¿La masacre del Día del Padre, el 23 de junio, con ataques simultáneos a la UNAN-Managua, barrios orientales y Masaya, con saldo de 7 muertos, incluido un niño de un año? ¿Los 20 asesinados en Carazo el 8 de julio en apenas cinco horas? ¿El asedio de 18 horas a la Iglesia de la Divina Misericordia el 13 de julio? ¿El ataque del 6 de julio al barrio indígena de Sutiava, en León, donde mataron a sangre fría a a tres amigos? ¿El ataque al barrio Sandino, en Jinotega, el 23 de julio?

La lista es extensa y no debe ser vista por el número de muertos, sino por la crueldad con que fueron ejecutados cada uno de los operativos. Muchos afirman que de todas las masacres la peor es la de Carazo, no solo por las decenas de muertos durante el día, sino que los pobladores aseguran que hubo tres días consecutivos que a medianoche se escuchaban disparos de supuestas ejecuciones en los alrededores de Diriamba, Jinotepe y San Marcos. En este departamento los padres aún lloran a sus hijos desaparecidos.

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No se van

Hay que hacer mención especial a la marcha del 30 de mayo. Mientras cientos de miles de personas inundaban la carretera a Masaya en rechazo a la familia Ortega-Murillo, el gobierno realizó una concentración en la Avenida Bolívar. A ésta asistieron a lo sumo unos 30 mil simpatizantes, la inmensa mayoría trabajadores del Estado. Ese día fue clave. Los empresarios y la sociedad civil le habían pedido a Daniel Ortega y a Rosario Murillo la renuncia. La respuesta de Daniel en el acto gubernamental fue: “Aquí no se va nadie, aquí nos quedamos todos”. Esa expresión pareció ser el santo y seña para sus huestes, ya que mientras Daniel terminada de dar su discurso empezaban los primeros disparos contra la marcha opositora.

Daniel tiene la particularidad de que todas sus comparecencias públicas las hace de noche. La del 30 de mayo fue de las pocas que ha hecho a plena luz del día. Nosferatu demostraba que no le tenía miedo a la luz del sol. Sin embargo, ese día también marcó un cambio en la estrategia de represión: si antes Daniel y Rosario preferían salir a matar casi exclusivamente de noche, ahora lo empezaban a hacer a plena luz del día.

El sacerdote Eliar Pineda, vicario general de la Diócesis de Jinotega, el 23 de julio llegó a tachar a Daniel Ortega como “el diablo personificado”.

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Negación de la realidad

Algo que llama la atención sobre estos dos asesinos en serie que gobiernan Nicaragua, es que se niegan a aceptar estas muertes. Incluso han llegado a decir que son inventadas. Su patológico desprendimiento de la realidad es incluso mayor al que padecían los dictadores rumanos Nicolae y Elena Ceausescu antes de ser ejecutados por los militares de su mismo gobierno.

Las diarias alocuciones de Rosario Murillo en sus medios de propaganda, vomitando diatribas contra el pueblo y amenazando con encarcelar a quien no esté de acuerdo con el gobierno, y las contradictorias entrevistas de Daniel Ortega a cadenas internacionales como Fox News, Euronews, Telesur, CNN y RT la última semana de julio, dejaron claro que el animal bicéfalo sufre enajenación.

Tan crítico es el trastorno de la personalidad que padecen ambos políticos criollos, que El Carmen, un búnker fuertemente custodiado por miles de hombres, desde donde manejan los hilos del poder, se ha convertido en su sarcófago y el resto de Nicaragua no es más que su coto de caza.

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