dictadura-nicaragua-daniel-ortega

La dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo. El Descenso al infierno en Nicaragua

A Fondo

Operación Plomo (Parte I)

En América Latina es de sobra conocida la Operación Cóndor, desarrollada por los gobiernos de extrema derecha del Cono Sur en los años setenta del siglo pasado. Fue algo cruel, inhumano, por lo que sus perpetradores tuvieron que enfrentar tribunales de lesa humanidad. Nicaragua actualmente vive una vorágine de represión gubernamental que deja helados a quienes creían que esas cosas ya habían quedado en el pasado. Se llama Operación Plomo.

No es un nombre muy sugestivo, quizá ni tan cruel sino fuera porque en Nicaragua “operación” y “plomo” están ligadas a los desmanes que perpetró la Guardia Somocista antes de ser derrocada por una insurrección popular en julio de 1979. Las operaciones limpiezas no eran más que incursiones militares en barrios y ciudades para matar todo aquello que se moviera, y “plomo” son las balas con que eran ejecutados los jóvenes, para posteriormente ser incinerados, en una cuesta ubicada al noroeste de Managua, a orillas del lago Xolotlán. Esa cuesta se terminó llamando “Cuesta del Plomo”.

La Operación Plomo inició el 20 de abril del 2018. El gobierno de Daniel Ortega estaba acorralado por las protestas callejeras iniciadas apenas dos días antes en contra de una ley que pretendía salvar el Instituto de Seguridad Social (INSS) a costa de los trabajadores, empresarios y jubilados, a pesar que el principal responsable de la quiebra de la institución era el mismo gobierno que no supo administrar de manera eficiente y transparente el dinero de los cotizantes. Ante la incapacidad de la Policía Nacional y la Juventud Sandinista (grupos de choque armados con tubos, cadenas y una que otra pistola) de detener las protestas, salieron a escena hombres con experiencia militar con una sola orden: acabar con las protestas a balazo limpio. El plan era hacer la cantidad necesaria de muertos para que los manifestantes retornaran a sus casas.

nicaragua-infierno-diablo

A los militantes del Frente Sandinista que estaban en la calle se les bajó la “seña” que debían dar si acaso eran interceptados por estos escuadrones de la muerte. “Si te llegan a agarrar vos solo les decís ´Plomo´ y ellos van a saber que sos de los nuestros y te van a dejar ir”.

Esa seña no solo se la bajaron a la gente del partido (no a todos, por supuesto) sino también a los policías. A fin de cuentas la Policía estaba desplegada en apoyo a los simpatizantes del gobernante FSLN.

La operación fue un éxito en el número de muertos, pues el 22 de abril ya sumaban 36 en Managua, León, Masaya y Estelí. El resto del plan fue un fracaso completo, pues el gobierno sufrió un golpe de imagen devastador y la gente en vez de dejar las calles exigió la inmediata salida del poder de Ortega, su esposa Rosario Murillo, como también la renuncia de los miembros de los poderes Electoral, Judicial y Legislativo.

“Disparen a matar”

El 18 de abril cuando en Camino de Oriente, al sur de Managua, y en León, los ciudadanos se concentraron para protestar contra la reforma, llegó la Juventud Sandinista (JS) a recetar la misma medicina que había aplicado incontables veces para acallar la inconformidad: rajar cabezas y desbaratar espaldas con tubos y palos. En Managua, en Camino de Orienta estaban cientos de agentes policiales y antimotines, pero en vez de intervenir fueron testigos silenciosos y cómplices de la situación. “Dejen a la JS. La jefatura dice que eso lo resuelvan ellos”. Esa fue la orden que les bajaron, según confiesa un agente policial que prefiere permanecer en el anonimato.

Cuando al día siguiente las universidades entran en escena protagonizando un enfrentamiento sin precedentes en la última década, la orden que tenían los policías fue descartada y se les orientó atacar. Ese día en el sector de la Upoli y en Tipitapa ocurrieron las primeras muertes, incluyendo un oficial de la Policía. Los manifestantes acusaron a la Policía de dispararles balas de verdad. Esta lo negó.

policia-daniel-ortega-tortura

El viernes 20 de abril la orden a la Policía fue: “Disparen a matar”. Y así lo hicieron. Los disparos eran a la cabeza, el cuello y el tórax. De un disparo en el cuello mataron al primer niño mártir, Álvaro Conrado, de apenas 15 años, en el sector de la UNI. Según testigos, fue víctima de un francotirador apostado en el Estadio Nacional Dennis Martínez.

Pero la gente empezó a ver a civiles armados con porte militar. “Son JS”, decían algunos, sin embargo, los ojos más expertos decían que los JS son violentos, fanáticos, impetuosos, pero que estos demostraban buena táctica y un uso bastante eficiente de las armas de fuego.

Se abre la caja de Pandora

Con el transcurrir de los días se convocó a un diálogo nacional, a marchas nunca antes vistas en Nicaragua, contramarchas por parte del gobierno, plantones y una guerra mediática sin precedentes, sobre todo en las redes sociales, donde quedó en evidencia que el Frente Sandinista, con todo y su monopolio de los medios de comunicación y su cacareada Red de Jóvenes Comunicadores, no tenía nada qué hacer contra miles y miles de ciudadanos que con sus teléfonos inteligentes iban aumentando la efervescencia insurreccional contra el régimen. Fue en las redes sociales que se empezó a denunciar la existencia de los escuadrones de la muerte.

Estos escuadrones operaban en un inicio en los barrios aledaños a la Universidad Politécnica (Upoli), donde se habían atrincherado estudiantes. Se movilizaban por las noches fuertemente armados y encapuchados en camionetas Toyota Hilux y motocicletas, asaltando y matando a quien encontraran a su paso. La Policía no se metía por lo que actuaba en total impunidad. La razón empezó a emerger en los videos facilitados por la ciudadanía: las camionetas eran propiedad de instituciones del gobierno y muchos de los civiles armados no eran más que agentes del orden.

caravanas-muerte-nicaragua-ortega

Con el transcurrir de las semanas estos encapuchados empezaron a ser vistos en distintas partes del país, sobre todo en La Concepción, Masaya, Matagalpa y Ticuantepe. Los medios de propaganda del gobierno decían que eran bandas armadas de la derecha y las hordas fanatizadas del FSLN actuaban como caja de resonancia.

El viernes 11 de mayo fue clave. Ese día se insurrecionó completamente Monimbó, en Masaya. Durante 36 horas continuas resistió el embate de agentes antidisturbios y paramilitares. Eran piedras y morteros contra fusiles AK-47, balas de goma y bombas lacrimógenas. Ese día hubo incendios y saqueos de comercios en toda la ciudad. El gobierno responsabilizó a los “vándalos de la derecha”, sin embargo, los videos de seguridad mostraron después una realidad diferente: la JS, hombres de civil con armas de guerra forzando negocios, y a pocos metros los antimotines impávidos, en posición de custodia.

El miércoles 16 de mayo inició el diálogo nacional. Nicaragua entera presenció con boca abierta el enorme aparato de seguridad con que Daniel Ortega y Rosario Murillo llegaron al Seminario de Fátima, donde la oposición y los obispos de la Conferencia Episcopal los emplazaron fuertemente para que detuvieran la represión. Dos helicópteros artillados, cuadro vehículos Mercedes Benz blindados y más de 20 patrullas con unos 200 agentes de las tropas especiales fuertemente armados, fue la demostración de poder de la pareja presidencial. Ese día por primera vez en la historia a Daniel Ortega se le llamaba “asesino” en su cara.

“Usted es el jefe supremo de la Policía Nacional y del Ejército de Nicaragua, por ello le pedimos que ahorita mismo ordene el cese de estos ataques, de la represión y de los asesinatos por parte de las fuerzas paramilitares, de sus tropas, de las turbas adeptas al gobierno”, le dijo Lesther Alemán, un chavalo de apenas 20 años y estudiante de comunicación. Daniel solo lo miraba fijamente con sus ojillos negros. Rosario Murillo lucía nerviosa y tomaba vaso tras vaso de agua.

nicaragua-dictadura-ortega-ct

Los días posteriores, en las calles el pueblo continuó sufriendo el terror, donde no solo se asesinaba, sino que también se secuestraba, se torturaba y si se andaba de suerte, solo se era intimidado. Alexander Munguía, de 18 años de edad, fue secuestrado, torturado y asfixiado el 8 de mayo cuando fue detenido por paramilitares en las cercanías de la Upoli. Su mamá lo buscó en las estaciones policiales, hospitales, el Instituto de Medicina Legal y la cárcel conocida como El Chipote, donde funciona Auxilio Judicial. En El Chipote un joven que fue liberado luego de participar en protestas contra el gobierno le confirmó que su hijo estaba ahí. Las autoridades de El Chipote lo negaron tajantemente. En Medicina Legal también le negaron que tuvieran el cadáver. El viernes 18 de mayo, Medicina Legal le llamó y le dijo que su hijo estaba ahí y que había fallecido por causas naturales. En el país estaba la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y con ellos fue a Medicina Legal, donde la versión de la muerte cambió y se le dijo que tenían el cadáver desde el 8 de mayo y que había fallecido de forma violenta. Semanas después se acusaba al joven de ser un asaltante y de haber fallecido a manos de universitarios, quienes actuaron en legítima defensa. La Fiscalía nunca dijo el lugar del homicido ni dio nombres ni más detalles de los supuestos asesinos.

Se destapa la Operación Plomo

El viernes 25 de mayo ocurrió otro ejemplo del actuar de los escuadrones de la muerte. En el sector del mercado Iván Montenegro, Marlon Orozco, de 48 años, fue interceptado por un grupo de encapuchados al ver que en su vehículo andaba una bandera azul y blanco, símbolo de los opositores al gobierno. Lo rafaguearon. El asesinato quedó grabado en un video que fue subido a las redes sociales. Ese mismo día, pero por la tarde, unas camionetas con hombres armados ingresaron a Ciudad Belén, una paupérrima urbanización al este de Managua. Los encapuchados abrieron fuego matando a Alejandro Hernández, de 19 años. En el lugar también quedó tendido el cadáver de Yader Castillo, uno de los atacantes. Lo población lo mató a pedradas. Lo raro de todo, es que a pocos metros de lo ocurrido hay una estación de Policía. Esta no intervino. Castillo era un militante del FSLN.

nicaragua-dictadura-madre

Al día siguiente, hubo un fuerte despliegue policial en la Cuesta del Plomo. En el lugar se encontró un cadáver medio incinerado y con signos de tortura. Era Keller Pérez Duarte, un joven de 23 años, que había participado en las protestas contra el gobierno.

Esa semana se conoció el caso de la teniente María Teófila Aráuz, quien fue dada de baja de la Policía por expresar abiertamente su simpatía con la lucha estudiantil. Su superior, el comisionado mayor Vladimir Cerda, jefe del distrito I de la Policía de Managua, la reprendió y le dejó claro que esta es una “Policía Sandinista” y que debe fidelidad a Daniel Ortega y Rosario Murillo.

Aráuz fue la primera en hablar de la Operación Plomo, aunque por sus declaraciones parecía ignorar aún muchos de los detalles que poco a poco irían surgiendo en la medida en que los escuadrones de la muerte iban endureciendo su actuar.

Estos escuadrones tuvieron un importante papel en la masacre de la Marcha de las Madres el 30 de mayo. Ellos, junto a la Policía y unos 200 miembros de la brigada motorizada del Frente Sandinista se desplazaron hacia la UNI para bañar de sangre una de las mayores concentraciones populares en rechazo a la dictadura Ortega-Murillo. Una semana antes de la marcha los propagandistas del gobierno y los simpatizantes del FSLN habían circulado en sus redes sociales la palabra ¡PLOMO! Todos creían que era para intimidar. La tarde de ese 30 de mayo quedó claro que este tipo de amenazas no deben ser tomadas a la ligera. Fueron 18 muertos.

Aún faltaba lo peor.

Nota: Imágenes tomadas de Internet. No logré determinar a los autores en la mayoría de los casos. Algunas llevan las firmas y otras no.

OTRAS LECTURAS RECOMENDADAS: 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *