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El Cosep no puede esperar que Daniel Ortega caiga por inercia

Columnas

Los empresarios aglutinados en el Consejo Superior de la Empresa Privada (Cosep) rompieron con Daniel Ortega a mediados de abril, inmediatamente después de que el gobierno impusiera una reforma al sistema de seguridad social sin consultar con ellos.

La respuesta de Ortega fue aireada, y una vez que iniciaron las protestas en su contra atacó con odio a los empresarios sublevados y les invadió sus propiedades. Más de 9 mil manzanas de tierra pasaron a manos de simpatizantes orteguistas, de las cuales más no menos de 7 mil siguen tomadas.

Los nicaragüenses han demandado a los empresarios más beligencia contra la dictadura. Muchos exigen un paro nacional indefinido, otros un paro de por lo menos tres días. En la mente colectiva está el paro de tres meses que diezmó a Anastasio Somoza y precipitó su caída en 1979.

El Cosep se ha negado a una medida tan extrema. Desde que inició la matanza, Nicaragua ha vivido tres paros nacionales de 24 horas. Han sido más bien simbólicos pues en términos prácticos las finanzas del gobierno no han sido golpeadas como tampoco la de los grandes empresarios.

El gobierno desprestigia este tipo de iniciativas y cada vez que se han realizado estos paros, sus medios de propaganda salen a las calles a mostrar la normalidad que se vive en Nicaragua. La realidad es que los paros no han sido masivos pues la pequeña economía, la que vive del día a día, sigue activa. Aunque tampoco es como dice el gobierno, ya que las grandes empresas, los principales centros comerciales, el mismo mercado Oriental, los comercios medianos y muchísimos pequeños empresarios se han sumado a la protesta en demanda del fin del régimen.

El Cosep ha argumentado que un paro no va a botar a Daniel Ortega, y tiene razón. El objetivo de un paro no es botar un gobierno, es debilitarlo, por tanto todo aquel que espere que con un paro se derroque a Daniel Ortega, simplemente está en un error.

Debacle económica será catastrófica para los empresarios

No obstante, en las calles de Nicaragua existe un rechazo inmenso de la dictadura y hay una claridad absoluta de que los empresarios son los que tienen la suficiente fortaleza para demandar la salida la mafia orteguista. Solo hay que meterse a las redes sociales para darse cuenta de ello. Hay quienes especulan que los grandes empresarios como Carlos Pellas o Ramiro Ortiz están negociando por debajo de la mesa y al margen de la Alianza Cívica, para renovar los votos del idilio que sostuvieron durante 11 años y que le dejó enormes recompensas económicas al sector privado.

Hasta el momento todo eso es especulación. Pero de ser cierto, a mal palo se estarían arrimando los empresarios. A nivel internacional el régimen de Daniel Ortega se encuentra apestado y las sanciones económicas por venir destruirán la economía de Nicaragua y con ello las enormes fortunas de los hombres más ricos del país.

Si del pasado hay que aprender algo, las páginas de historia de Nicaragua enseñan mucho. La guerra de los ochentas no solo cobró la vida de 60 mil nicaragüenses sino que golpeó tan fuerte la economía del país que los grandes potentados de Nicaragua debieran hacer enormes esfuerzos a lo largo de los noventas e inicios de la década del 2000 para asentarse a nivel nacional y expandirse a toda Centroamérica y América Latina.

Sin embargo, no hace falta hurgar tantos años atrás. Solo deberían ver la situación actual de Nicaragua. En pocos meses Nicaragua pasó de crecer de un ritmo del 5% anual a casi un punto muerto. Más de 300 mil empleos perdidos, el 80% del turismo paralizado, las reservas internacionales hacia la baja, sin inversiones extranjeras y un comercio sin levantar cabeza, son claros indicios de que esto no es pasajero y de que la situación económica puede pasar de un punto muerto a una monstruosa recesión similar a la que sufre Venezuela bajo la dictadura de Nicolás Maduro.

Esto no es especulación. Es algo que se ve venir. El impacto de la Nica Act y de las sanciones contra el régimen de Daniel Ortega será catastrófico. Si Venezuela, una potencia económica petrolera no ha soportado las sanciones, peor que lo haga Nicaragua, un país que depende de la cooperación internacional para mantener balanceado su presupuesto anual.

Los políticos ya no pueden, los empresarios sí

Si los grandes empresarios privados no quieren sufrir las consecuencias de una economía en bancarrota, la única negociación que deberían hacer con Ortega es que acepte elecciones anticipadas gestionadas y supervisadas por organismos internacionales. Eso evitaría la debacle económica de Nicaragua y de sus propias fortunas personales.

Cuando el Cosep rompió con Ortega dejó claro que el debilitamiento de la institucionalidad democrática de Nicaragua fue culpa de los partidos políticos y no de ellos. Eso es totalmente cierto. En Nicaragua todos, desde Arnoldo Alemán hasta Eduardo Montealegre, Wilfredo Navarro o Wálmaro Gutiérrez, no hay hecho más que actuar como vedettes de la política. Ellos enterraron la institucionalidad del país, mientras que los empresarios solo se sentaron a hacer negocios con quien les garantizara lo necesario para ello.

Pero, ojo, el Cosep no puede equivocarse. El andamiaje en el cual se forjó esa alianza con el gobierno de Ortega y el país en crecimiento económico, seguro y atractivo a la inversión, simplemente ya no existe. Los economistas han dicho que la economía de Nicaragua no se recuperará sino hasta dentro de cinco años, de tal forma que cada día que Daniel Ortega permanece en el poder es un día que se suma a esos cinco años.

Para el Cosep sentarse a esperar que Ortega caiga en la cordura o que la comunidad internacional lo obligue a ello, sería un error. A nivel interno solo hay dos fuerzas para jubilar a Ortega y acelerar la recuperación económica: una insurrección popular más fuerte que la que inició en abril, cuyas consecuencias serían catastróficas, y la otra, un ultimátum de la empresa privada para que se siente a negociar su salida pacífica a través de las elecciones. Para el Cosep acuerpar a Ortega o sentarse a esperar que caiga por inercia sería compartir su mismo destino.