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Nicaragua, una Corea del Norte en el corazón de Centroamérica

A Fondo

Con aproximadamente 500 mil kilómetros cuadrados y poco más de 40 millones de habitantes Centroamérica es una región compleja. Ahí convergen democracias plenas como Costa Rica, economías pujantes como Panamá, lugares sumamente violentos como Honduras, Guatemala y El Salvador, e infiernos como Nicaragua.

Después de la guerra de los años ochentas y el retorno de la democracia a estos pequeños Estados, el mundo se olvidó de los nunca superados problemas políticos de la región, hasta que en abril del 2018 las cadenas internacionales de noticias transmitieron una verdadera carnicería humana y se dieron cuenta que en el corazón de Centroamérica, después de 39 años, seguía vivo un monstruo llamado Daniel Ortega.

Durante casi 11 años Nicaragua se vendió al mundo como un oasis de paz, crecimiento económico y de democracia. Europa y el resto de democracias estaban lejos de imaginar que en Nicaragua Daniel Ortega y su familia habían trabajado para consolidar una feroz dinastía con Ortega como rey, Rosario Murillo como reina y primera ministra, sus hijos como príncipes, ministros y grandes empresarios, y un poco más abajo en el escalafón, una legión de cortesanos.

Ortega asumió el poder por primera vez en 1979 luego de derrocar al dictador Anastasio Somoza, Pasó 11 años gobernando. Primero al frente de una junta de reconstrucción nacional y luego como presidente al someterse a elecciones en 1984.

En 1990 Ortega perdió las elecciones frente a Violeta Barrios, pero prometió que gobernaría “desde abajo”. Así lo hizo durante 16 años hasta que volvió al poder en el 2007. Era un Ortega en apariencia más negociador, más práctico y por primera vez en su vida, democrático.

Era solo una máscara. Un año después de asumir el poder perpetró un vulgar fraude electoral y se adueño de la mayoría de alcaldías. A continuación eliminó o sometió a los partidos políticos opositores, reformó la Constitución y se reeligió una y otra vez hasta que en el 2016 impuso a su mujer Rosario Murillo como vicepresidenta.

El fracaso de la política social

Aunque el país experimentó un continuo crecimiento económico y la propaganda oficial señalaba grandes logros en materia de reducción de la pobreza, el hambre, e importantes avances en la salud y la educación, Nicaragua cambió muy poco en estos años.

La realidad es que en Nicaragua la desigualdad es un mal rampante, con muchos nuevos ricos (entre ellos la familia Ortega y sus allegados) y una enorme masa de pobres. En el 2014 Nicaragua registraba 290 ultra ricos, casi tres veces más de lo que tenían Costa Rica y Panamá, las dos naciones de Centroamérica con mejores índices de desarrollo humano. En cuanto a la pobreza, en el país más del 40% de la población es pobre, de acuerdo al Fideg. El gobierno de Daniel Ortega ha querido matizar este índice al señalar que solo aquel que vive con menos de dos dólares al día es pobre. No es una broma. El argumento del gobierno es que no se pueden usar los mismos parámetros para medir la pobreza en América del Sur, por ejemplo, que en una nación como Nicaragua. Así fue como Nicaragua, en teoría, eliminó a cientos de miles de pobres.

En cuanto al hambre, el gobierno ejecutó una serie de programas sociales gracias a la cooperación petrolera venezolana. Usura Cero y Hambre Cero son los más emblemáticos. Se dijo que con estos se acabaría el hambre y la pobreza. Once años después los beneficiarios de esos programas siguen siendo tan pobres como antes y la economía familiar sigue sin levantar cabeza.

Dos hitos importantes fue la gratuidad de la salud y la educación. Pero estas tampoco despegaron como se esperaba. La educación se volvió una trinchera de propaganda política cuyo principal objetivo no es formar a las nuevas generaciones sino lavarles el cerebro para que se mantengan fieles a la familia reinante.

En cuanto a la salud. Hubo alcances realmente sorprendentes. Se construyeron hospitales en muchos lugares del país y se mejoró el acceso a exámenes especializados. Sin embargo, tras once años de gobierno, faltan hospitales, los centros de salud carecen de medicamentos, la lista de espera, aunque se acortó, sigue siendo larga y el país continúa sin tener suficientes especialistas para una población que no deja de crecer.

Las exportaciones sí tuvieron un impulso extraordinario. En estos años se pasó de 700 millones de dólares a 2 mil 400 millones en el valor de las exportaciones. El auge económico atrajo cada vez más inversionistas extranjeros, superando los 1 mil 400 millones de dólares en el 2017.

Pero Nicaragua sigue siendo el país más pobre de América después de Haití y uno de las más desiguales.

El reino de la propaganda

Con la crisis política iniciada en abril, el país va en franco retroceso. Cientos de miles de puestos de trabajo se han perdido, los inversionistas dejaron de llegar y los turistas agarraron un avión y se marcharon.

Hoy más que nunca en Nicaragua se vive de la propaganda. Se asesina, se secuestra, se ataca a la oposición, se tortura a los reos políticos, se acalla a las voces que protesta, pero los medios oficiales dicen que el país está normal.

La economía está casi en bancarrota pero el gobierno habla de reactivación económica. La vicepresidenta Rosario Murillo habla de amor, paz, reconciliación, pero no hay día en que no ataque virulentamente a los que se atreven a manifestarse en contra del régimen.

Daniel Ortega durante los últimos once años hacía pocas apariciones públicas, durante las cuales nunca concedió entrevistas. La voz oficial siempre la ha tenido Rosario Murillo, quien todos los mediodía rinde un parte del acontecer gubernamental. Sin embargo, en los últimos meses Ortega abandonó el ostracismo y se empezó a bañar de masas y da entrevista a medios internacionales de los más diversos. En ninguna de las entrevistas ha quedado bien parado. En todas ha demostrado su falta de consistencia, su cinismo y su crueldad al no sentir remordimientos ni asumir su responsabilidad por los cientos de muertos ocasionados por la represión de sus fuerzas policiales y paramilitares contra los opositores (entre 322, de acuerdo a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, y 512, según algunos organismos locales de derechos humanos como la ANPDH).

Un país secuestrado

Pero Ortega va más allá y en vez de asumir su responsabilidad absoluta sobre la crisis, encontró el chivo expiatorio perfecto a quien achacarle sus males: nada más ni nada menos que Estados Unidos. A la primera potencia del mundo la acusa de haber organizado bandas armadas desde el 2007, las cuales libraron una guerra contra la policía y el ejército con aproximadamente 150 muertos entre policías, militares y productores. También acusa a Estados Unidos de organizar un supuesto golpe de Estado en su contra. Ortega ha llegado a decir que Estados Unidos piensa invadir militarmente a Nicaragua.

Independientemente de todo esto, en Nicaragua el poder absoluto lo tiene Ortega. Él controla al ejército, a la policía y a las fuerzas paramilitares que organizó desde el mes de abril para masacrar a las cientos de miles de personas que se lanzaron a las calles demandando la renuncia de Ortega y su familia.

Hoy Nicaragua está secuestrada por esos grupos de matones fuertemente armados. Las ciudades son patrulladas por ellos y cualquier voz disidente es acallada con la prisión y las torturas.

Otros miles han decidido partir al exilio. Solo Costa Rica ha recibido más de 26 mil refugiados, entre estos, líderes campesinos, dirigentes universitarios, defensores de derechos humanos o bien personas que decidieron huir con lo que tenían puesto cuando miles de policías y paramilitares atacaron las ciudades que se habían atrincherado contra la dictadura.

Hoy en Nicaragua reina el terror y no se estaría lejos de la realidad si en vez de llamarle país, se le tilda como un verdadero infierno.

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