Despertemos del sueño del Canal Interoceánico

Columnas

Desde el inicio de nuestra historia republicana hemos creído que el Gran Canal Interoceánico es la panacea para todos los males que nos aquejan, o al menos para los principales. Nos vemos como un país rico, con bajos niveles de pobreza, una potencia Centroamericana codeándose con los gigantes del mundo.

Tantos huevos hemos puesto en esa canasta que no hay gobierno que no hable del canal y de las posibilidades de construirlo. El gran sueño ha sido ver cruzar enormes barcos desde el Caribe al Pacífico a través del río San Juan y el lago Cocibolca o por cualquier otro lugar del territorio nacional.

¿No es hora de que como país pongamos los pies sobre la tierra? El canal es un proyecto faraónico que nuestros líderes nos lo han vendido como el instrumento para salir de la pobreza. Para ellos siempre ha sido una especie de justificación a la pobreza, a la falta de infraestructura, a las guerras cíclicas, a la debilidad nacional frente a otras potencias regionales o globales. Pero no, la realidad es que la falta de un canal interoceánico en Nicaragua no es más que la justificación de la clase política a su incapacidad de gobernar, de hacer surgir una nación en base a sus propios recursos, aprovechando el entorno internacional.

Cuando hace seis años Daniel Ortega firmó con Wang Jing el acuerdo para construir el canal, hubo entusiasmo. Era una inversión de más de 50,000 millones de dólares. Capitalismo puro y duro de un gobierno que se proclama Cristiano, Socialista y Solidario. Nuestra memoria y prejuicios no deben fallarnos. El gran capital ya se hacía con una tajada de esa millonaria inversión y, según las encuestas, la mayoría de la población apoyaba el proyecto. No hay que juzgar a nadie ¿Quién va a decir no a la posibilidad de echarse unos cuantos milloncitos o a la posibilidad, teórica, de salir de la pobreza?

Ortega no hizo más que jugar con nuestra eterna ilusión, solo perfeccionó la estrategia. Lo que fue bastante superficial con los gobiernos de Enrique Bolaños y Arnoldo Alemán, con sus comisiones y estudios, Ortega lo llevó a otro nivel trayendo a un chino milagroso, una especie de genio de la lámpara que se esfumó de un momento a otro sin habernos cumplido el deseo.

El futuro de Nicaragua no puede seguir dependiendo de sueños faraónicos, de milagros de ningún tipo. La pobreza de Nicaragua no se debe a la falta de un canal interoceánico, se debe a una clase política y empresarial corrupta e incapaz de desarrollar el potencial humano y natural del país. No se necesita un canal para que el Estado garantice educación de calidad, se necesita voluntad.

Debemos ser un país que aproveche su entorno, un mundo globalizado, el libre comercio, poner nuestros huevos en varias canastas. Desechemos de una vez por todas el canal. Despertemos de ese sueño. Nicaragua es algo mejor que un gran canal.

*Por Carlos Mikel Espinoza.

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